Tuesday, August 01, 2006

En torno a Mozart


La semana pasada recibí una invitación para asistir a una reunión de un grupo de gente interesadas en la figura y la obra de Mozart, a la cual concurrimos alrededor de 40 personas.

Como tema central se expuso un trabajo realizado en torno a su figura, su obra y el contexto social de la época, lo que luego sirvió de base para plantear una serie de inquietudes por parte de los oyentes y generar una suerte de mesa redonda, moderada por un profesor de música y una persona experta en la vida y la obra de este gran músico.

Entre los muy diversos e interesantes temas que se abordaron, un tiempo no despreciable se dedicó al análisis del conocido efecto Mozart y se expusieron varias teorías para explicar el efecto de la música de Mozart en el carácter y el desarrollo intelectual de los niños a los cuales se les somete a escuchar música de este autor a partir incluso de su gestación. Se dijo que estos niños son entre otras características más tranquilos, más inteligentes y más precoces que sus pares y las causas se atribuyeron entre otras, a la perfección de la composición musical, su ritmo y compases de perfección matemática que se ajustaría a las leyes matemáticas que rigen al cosmos etc.

La música de Mozart, como otras probablemente de menor genialidad, se caracteriza por frases musicales que se resuelven en forma lógica, casi predecible. En la composición mozartiana, éstas se resuelven con una genialidad lógica, pero no existen sorpresas en como se desarrolla y evoluciona la melodía y el ritmo, lo que redunda en una fácil y gentil comprensión, incluso para los niños.

En mi opinión el efecto Mozart se ha sobredimensionado y se le han atribuido efectos benéficos sobre la salud que distan mucho de ser a lo menos razonables.

No niego y coincido en reconocer el efecto relajante, tranquilizador, esperanzador de la música clásica en general, que nos lleva fuera de la vorágine de nuestra cotidianeidad actual de nuestra sociedad.


Todo parte de un estudio publicado el año 1993 en Nature, prestigiosa revista de ciencias en el cual se afirma que un grupo de estudiantes universitarios quienes después de escuchar la sonata para dos pianos KV448 de Mozart durante 10 minutos, fueron capaces de resolver en mejor forma algunas pruebas de razonamiento espacial que otros dos grupos que sirvieron de grupo control. El primer grupo durante el mismo lapso escuchó música new age y el segundo permaneció en silencio.

Los resultados del estudio demostraron una muy leve diferencia en esa prueba a favor de los estudiantes que escucharon a Mozart, pero estas diferencias no son perdurables en el tiempo sino transitorias, y lo más importante es que no son estadísticamente significativas, lo que reconocen los propios autores de ese estudio quienes se vieron sorprendidos por los ribetes de espectacularidad y los mitos del mismo que se extrapolaron fuera del ámbito de la ciencia.

En el año 1999 se realizaron cerca de 20 estudios similares sin que ninguno pudiese reproducir los resultados del estudio precursor.

Luego han existido variados estudios, todos los cuales no han logrado probar científicamente lo que se afirma respecto del efecto Mozart.

Por otra parte, no hay estudios metodológicamente válidos realizados con niños

Para la mayoría de quienes trabajamos y nos relacionamos dentro del ámbito científico, el efecto Mozart no existe como tal o no ha sido lo suficientemente probado, pero esto último no tiene relación alguna con su extraordinaria obra y no por eso vamos a desconocer el gran genio del músico, del que nadie osaría siquiera dudar.

El impacto y el legado que ha dejado a la humanidad es innegable, pero sin lugar a dudas nunca persiguió como una meta principal influir sobre el intelecto de los niños, emprendió una sistemática y constante busca de la belleza a través de la música. Ni siquiera estoy seguro que se tratara de una búsqueda consciente, sino quizás sólo una forma de auto agrado, de gozar su existencia a su manera o simplemente ganarse genialmente la vida.

Saturday, June 17, 2006

Reflexiones acerca de la música

La música ha acompañado al ser humano desde su nacimiento como especie pero también desde el nacimiento individual de cada uno de nosotros, es por eso que la siento como un “ingrediente” fundamental en nuestras vidas.

No obstante tengo dudas si apreciar o sentir la música es privativo de nosotros los seres humanos.

Digo esto porque me impresionó en cierta ocasión presenciar como un chimpancé, producto de su alegría, golpeaba con sus palmas una tapa metálica de un depósito, con un claro ritmo de cadencia enérgica y primitiva.

La vida sin música sería de un transitar plano, sin altos ni bajos, sin sombras ni luces, se me presenta gris, sin matices, un transcurrir en blanco y negro, de formas romas, sin aristas, carente de emociones. La música hace que todo eso se transforme en su opuesto, es más, exacerba o es capaz de modificar nuestros estados de ánimo, sentir distinto un paisaje, nos evoca el pasado y el futuro, hace más interesante o simplemente diferente la tarea a la que estamos abocados. Personalmente siento una necesidad primaria de escuchar música, equivalente a la sensación o necesidad atávica de mirar el mar o el fuego, me produce algo más que un simple descanso, hay en su efecto algo de renovador, la siento como un instrumento que me permite mejorar como ser humano, por lo que recomiendo fuertemente esta práctica.

Además creo que debemos aprovechar las instancias actuales. Sabemos que en el siglo XVII y XVIII la cantidad de instrumentos que usaba Bach y sus contemporáneos para interpretar sus composiciones no pasaba de 20 y que la cantidad de instrumentos que intervienen actualmente en una sinfonía, es de alrededor de 90 o más.

A pesar que lo anterior constituye una diferencia notable, no les era fácil a los compositores de la época reunir más de dos veces a 20 músicos, dispuestos a interpretar por segunda vez una determinada pieza, por lo que seguramente ellos mismos no tuvieron muchas oportunidades de escuchar sus propias composiciones.

Afortunadamente nosotros podemos acceder fácilmente a la música, lo que constituye un indudable privilegio de nuestros tiempos modernos y me atrevo a decir con toda seguridad que cualquiera que disfrute de la música clásica debe haber escuchado muchísimas veces más la interpretación del “Clavecín Bien Temperado” que el propio Bach.

Con mi padre que fue quien me introdujo al extraordinario mundo de la música clásica no mediante un método determinado, sino que en su calidad de melómano por el simple hecho de haberme dado la posibilidad de escuchar música clásica pasivamente desde mi niñez, nos preguntamos frecuentemente, cual sería la reacción o la sorpresa de Bach, Brahms u otro de los grandes de la música de aquellos tiempos, al escuchar uno de sus conciertos o sinfonías en una emisión digital con la nitidez y la fidelidad que le es propia, saliendo mágicamente de una caja negra.

Su presencia nos es tan familiar que la llevamos y la escuchamos muchas veces en un plano inconsciente, pero no, ahí está siempre.

Personalmente como amante de la música, me cuesta mucho abstraerme de una pieza de Bach que se toca de fondo. Inmediatamente adquiere vigor y pasa a ocupar un primer plano para desplazar en algún grado el propósito de la reunión que se supone la ha generado. Es a veces tan fuerte e insoslayable su efecto, que parece “interferir” y transformarse en un fin.